Lo conocí... cómo lo conocí? Había sido por gaydar, eso me acuerdo. Año 2006. Wow! Fue hace tan poco en realidad, y lo siento como una eternidad. R fue mi primer beso, y él nunca lo supo. No sólo mi primer beso con un hombre, sino mi primer beso con una persona, y él nunca lo supo.
Habíamos estado hablando por chat por unas semanas. Recuerdo su alma acorazanada en México, en un hospital, en una habitación particular, con un número en particular. Ésa era la historia de cómo eligió su mail. Se había enamorado de un mexicano, pero debió partir. Y yo sentía fuertemente que aún lo extrañaba. R me pareció siempre desconectado de las cosas de acá. Pero tenía un gran atractivo: ese lunar en su cachete derecho, que me hacía querer siempre caminar a su lado derecho, para poder admirar ese lujurioso punto letal.
Hablábamos de música, de pintura y literatura. Die Brücke. Él era fanático de los Die Brücke. Y claro, estaba aprendiendo alemán también. Y yo... lo miraba desde abajo, me esforzaba por estar a esas incomprendidas alturas que apenas había oído en las lejanías de aquellos libros del secundario. Libros que tenía que sacar de mis empolvados recuerdos para ver si aunque sea una vez, alguien podía sentirse atraído por mí. Pero no lo había logrado, no con él.
Aquella primera vez que nos vimos en persona, yo como siempre estaba nervioso. R escribía poesía y usaba mucho la palabra "colar". "La luz que se cuela en las rendijas de la persiana", "mis dedos que se cuelan en su alma"... También escribía con faltas de ortografía y errores de tipeo: "él ah ido", "yo lo eh oído",... Pero así y todo, sus collages de fotografia y escritura me ponían nervioso. Me hacían sentir nervioso. ¿Cómo atraer a alguien que vuela tan por los aires?
Nos encontramos en una esquina de Santa Fé... y Borges creo que era. Yo había llegado a hora y él bastante más tarde. Es más, pasado un buen rato sin que él viniera, lo mensajeo y me dice que vaya caminando por Santa Fé hacia el centro que nos íbamos a encontrar en el medio. Y luego de cuatro cuadras, casi sin notarlo, pasamos el uno al lado del otro. De repente los dos frenamos, nos dimos vuelta, y confirmamos con la mirada que el otro era con quien uno había estado chateando. Nos saludamos con un beso en la mejilla. Yo temblaba. Me dijo de ir a comer, me pareció una buena idea, pero no sabía dónde. No era de salir en esa época, y no sabía dónde se podía comer bien. Entonces la noche comenzó con él guiándome, y así continuó. Fuimos a comer a un bar de sandwiches, y luego comenzamos a caminar y a caminar.
Así me enteré de lo de Die Brücke. Y también de su lado artístico. Su interés por la fotografía y la escritura. Yo lo escuchaba atentamente y asentía. Yo también estudiaba alemán, así que me defendí con eso. También conocía a algunos pintores alemanes, y los mencioné como quien tira manotazos de ahogado. Estaba tan nervioso caminando a su lado, me atraía tanto. Ese lunar. Él. Él. Ese lunar. Él.
Estábamos de repente caminando por Córdoba y no sabíamos a dódne ir. Bueno, yo no sabía a dónde ir. "¿A dónde vamos?", me dice. "No sé, ni idea", le digo. Y me mira entonces con ciertas dudas, hasta que se anima: "¿Y si vamos a un telo? Yo conozco uno por acá". Mi corazón se aceleró a mil, pero sin dudarlo dije que sí. Nunca había besado, y aún así acepté. Dimos unas vueltas más hasta dar con el lugar. Yo estaba muy nervioso, pero sobre todo excitado, muy excitado. Por suerte tenía un morral, con el que corrido un poco hacia el frente lograba tapar disimuladamente mis deseos carnales. Estábamos ahí. En la puerta. Entramos. Y yo, muerto de miedo. Él me gustaba. No me preocupaba no conocerlo, no me preocupaba que fuera un telo, no me preocupaba nada, salvo que mi inexperiencia lo ahuyentara. Sólo en eso pensaba. Por suerte o desdicha (aún hoy no lo sé), no había habitación libre. Así que nos fuimos. Caminamos otro rato más, y entramos en un café para desayunar, porque ya eran las 6 de la mañana. Extraño como pasa el tiempo. 6 horas caminando habíamos pasado.
Me pido un café con leche con 3 medialunas. Voy al baño y cuando vuelvo, él miraba a través del ventanal. Su melancolía siempre presente. Qué noche rara, pensaba yo. Qué lindo chico, también pensaba. Me siento, seguimos hablando otro rato más, y me doy cuenta que no podía comer. Ni un bocado de medialuna podía comer. No sé por qué. Yo lo miraba a R mientras mis fantasías se hacían gigantes imposibles frente a la escasa realidad con un desconocido.
Nos levantamos y nos fuimos. Me acompañó hasta la parada del colectivo, y cuando llegó nos despedimos. Los dos dijimos haberla pasado bien. Ahora a la lejanía, y con cierta mayor experiencia y "calle", hasta podría decir que él sólo quería coger esa noche. No lo sé. De repente tenía tanta pena en su alma, eso lo sentía bastante. Yo era tan pequeño, y tan inocente. Me había sentido como una liebre asustada frente al cazador. Cazador que no era él. Sino la noche. Sino la ciudad. Sino mis extremos deseos temerosos.
Ésa fue la primera de las dos únicas noches que nos vimos con R antes de que desapareciera de la nada. Ésa fue la noche que sólo fue tentación que carcomió mis labios vírgenes. Nada había pasado. No tuvimos sexo. No nos besamos. Y estoy seguro de que él tampoco sintió nada al conocerme en persona. Pero yo sí con él. Yo sí.
Esa noche, mientras caminábamos, en un momento R me indicó el cielo y me dijo: "Todo es posible, sólo el cielo es tu límite". Días después le hice un señalador de libros con esa frase y algunos dibujos. Señalador que nunca se lo pude regalar dada su extraña desaparición.
Y ahora me pregunto, con ese señalador que aún guardo, qué es lo posible y lo imposible en la vida.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario